Poseídos por el Espíritu

Para los Testigos de Jehová es la fuerza activa de Dios; para los Santos de los Últimos Días, es un Dios diferente al Padre y al Hijo; para Mary Baker, la fundadora de la Ciencia Cristiana, se trata de la Ciencia Divina. Pero, según la Biblia, ¿quién es en realidad el Espíritu Santo? La rama de la teología que se encarga del estudio de la doctrina del Espíritu Santo se llama pneumatología, y se deriva de la palabra griega pneuma, que significa “espíritu” o “aliento”. Sin embargo, al estudiar la doctrina del Espíritu Santo, debemos hacerlo con humildad y reverencia, conscientes de nuestras limitaciones humanas.

El Espíritu Santo en la Escritura

La Biblia presenta de forma irrefutable la divinidad del Espíritu Santo. Jesús presentó el Espíritu a los discípulos como “otro Consolador” (Jn 14:16). En griego hay dos palabras que se traducen como “otro”. Una es ετερον (heteron), la cual se refiere a “otro de una clase diferente”; mientras que la otra es αλλον (allon), que se refiere a “otro de la misma clase”. En este versículo se usa la palabra αλλον para referirse al Espíritu. Es decir, el Espíritu es de la misma clase que Cristo, con el cual comparte sus atributos divinos.

Al confrontar a Ananías y Safira, el apóstol Pedro declaró que el Espíritu Santo es Dios. El pasaje al que nos referimos se encuentra en Hechos 5 y dice de la siguiente manera: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch 5:3).

La Biblia también confirma la divinidad del Espíritu Santo al describir sus atributos divinos, tales como omnisciencia, verdad, poder y eternidad, entre otros. En Hechos 28, Pablo atribuye al Espíritu Santo una declaración que hace Dios en el Antiguo Testamento. Leemos en Hechos: “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane” (Hch 28:25-27). En este pasaje, Pablo está citando Isaías 6:8-10, en donde Dios dice estas palabras a su siervo Isaías. Obviamente, no hay diferencia entre el uno y el otro ya que el Espíritu Santo es Dios.

La Escritura resalta también la naturaleza personal del Espíritu Santo. El Espíritu tiene emociones, envía, guía, intercede, y revela, entre otras características que contradicen la idea de muchos que consideran al Espíritu como una fuerza impersonal. Si bien es cierto que el Nuevo Testamento resalta el papel del Espíritu Santo como representante de Cristo, su actividad en favor de la humanidad puede remontarse desde la creación del mundo. Según Génesis 1:2, “el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” antes de la tierra haber sido creada. La dádiva de dones espirituales a ciertos individuos para la ejecución de tareas específicas es la actividad más comúnmente asociada al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.

Antes de ascender al Cielo, Jesús dijo a sus discípulos que debían permanecer en Jerusalén hasta ser bautizados con el Espíritu Santo. Tal y como el Señor les había prometido, el día de Pentecostés, mientras los discípulos estaban juntos esperando el cumplimiento de la promesa, “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch 2:2-4). A partir de entonces, esos hombres, algunos de ellos iletrados, temerosos, e indecisos, predicaron con fervor, valor, y poder el mensaje del evangelio. Y lo hicieron de tal forma que muchos se unían a la iglesia cada día. El éxito de la iglesia primitiva no dependió de sus recursos, pues era una iglesia pobre; ni de sus grandes edificios, pues los únicos lugares de reunión de que disponían eran las casas de los nuevos creyentes; ni de la educación teológica o experiencia de sus líderes, pues estos hombres no tenían títulos académicos, y apenas unos tres años de experiencia ministerial. El éxito se debió a la poderosa intervención del Espíritu Santo, quien jugó un papel vital en el establecimiento y crecimiento de la naciente iglesia. Con razón se ha dicho que el libro de los Hechos de los Apóstoles, el cual relata el rápido avance de la obra en sus comienzos, bien podría llamarse Hechos del Espíritu Santo.

Las Dos Dispensaciones del Espíritu

En la experiencia del Pentecostés, Pedro vio el cumplimiento de la profecía dada por el profeta Joel cientos de años antes cuando escribió: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová” (Jl 2:28-31). Sin embargo, si bien es cierto que esta profecía se cumplió parcialmente en esa ocasión, hay ciertos detalles en la misma que apuntan a un cumplimiento mayor en el futuro. ¿Notaste que esta profecía hace referencia a señales portentosas en los cielos y en la tierra? Estas señales cósmicas no ocurrieron en ocasión del Pentecostés, pero sí sucederían en el tiempo del fin. Esta profecía, además, menciona el “día de Jehová”, que en el lenguaje profético del Antiguo Testamento indica la segunda venida de Jesús. Por lo tanto, si bien es cierto que en el Pentecostés el Espíritu fue derramado con poder sobre la iglesia apostólica, y después del Pentecostés el Espíritu Santo ha estado activo durante toda la era cristiana, una porción más abundante de Su poder será derramada en el fin del tiempo sobre la iglesia de Dios. Y surge la pregunta, ¿por qué va a ser derramado el Espíritu Santo otra vez?

Para responder esta pregunta, debemos entender que así como el primer derramamiento del Espíritu permitió que el evangelio fuera predicado con poder y se esparciera en poco tiempo por todo el mundo conocido de entonces, de igual manera, cuando sea derramado nuevamente al fin del tiempo, el mensaje de los tres ángeles, o sea, el último mensaje de amonestación al mundo será predicado con un poder nunca antes visto, a fin de que los habitantes del mundo conozcan acerca de Dios y Su verdad. Juan el revelador menciona indirectamente ese evento cuando en Apocalipsis 18 ve en visión “otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria. Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído, ha caído la gran Babilonia…” (Apoc 18:1-2) Lo que hace este mensaje de Apocalipsis 18 distinto al de Apocalipsis 14, es la gloria con que será dado debido al poder del Espíritu Santo derramado sobre aquellos fieles mensajeros que proclamarán la verdad en el tiempo del fin, no solo con palabras, sino también con su testimonio personal. Bien decía Spurgeon: “Midan la energía del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes y podrán calcular cabalmente su influencia sobre los incrédulos”.

La Obra Individual del Espíritu de Dios

Y si la obra del Espíritu en la iglesia es de suma importancia, su obra en el corazón de los hombres es también importantísima. En Romanos 3:10-12, el apóstol Pablo describe la condición de los seres humanos después de la entrada del pecado: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” En su condición caída, los seres humanos tienen la tendencia a huir de Dios, en lugar de refugiarse en Él. ¿Recuerdan cuál fue la reacción de nuestros primeros padres cuando Dios se acercó después de ellos haber pecado? Dice la Biblia que se escondieron de Dios. Y esa continúa siendo nuestra reacción natural en nuestro estado pecaminoso. ¿Quién puede hacernos ver nuestra necesidad de Dios? ¿Cómo podemos darnos cuenta de nuestro estado pecaminoso y buscar el perdón divino? ¿De qué forma puede ser transformada nuestra mente y santificada nuestra voluntad? Es ahí donde entra en acción el Espíritu de Dios. Jesús declaró: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16:8).

Lo primero que hace el Espíritu en la vida del ser humano es convencerlo de su caótica condición espiritual. Es la obra del Espíritu la que mueve al arrepentimiento sincero y a la confesión genuina. Cuando Pedro negó tres veces a Jesús, fue el Espíritu el que lo convenció de su mal proceder, quien abrió sus ojos para que viera lo enorme de su falta, quien lo movió a sentir dolor por el pecado, y luego quien le dio la certeza del perdón divino. ¿Hiciste algo malo alguna vez y luego sentiste pesar y tristeza por el error cometido? Pues esa es justo la obra del Espíritu Santo en tu vida. Alguien me dijo en cierta ocasión: “Pastor, antes de encontrarme con Jesús yo hacía muchas cosas malas y no sentía dolor ni remordimiento, pero después de conocer el amor de Dios cada vez que cometo un error siento un profundo pesar en mi corazón.” Así ocurre. El Espíritu no solo nos convence de pecado, sino que además nos guía hasta el único que puede salvarnos: Jesús. Por eso Cristo declaró: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad… tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn 16:13-14).

Comentando acerca de esto, Elena White escribió: “Al describir a sus discípulos la obra y el cargo del Espíritu Santo, Jesús trató de inspirarles el gozo y la esperanza que alentaba su propio corazón. Se regocijaba por la ayuda abundante que había provisto para su iglesia. El Espíritu Santo era el más elevado de todos los dones que podía solicitar de su Padre para la exaltación de su pueblo. El Espíritu iba a ser dado como agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil. El poder del mal se había estado fortaleciendo durante siglos, y la sumisión de los hombres a este cautiverio satánico era asombrosa. El pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera persona de la Divinidad, que iba a venir no con energía modificada, sino en la plenitud del poder divino. El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. Por el Espíritu es purificado el corazón. Por el Espíritu llega a ser el creyente partícipe de la naturaleza divina. Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el mal, hereditarias y cultivadas, y para grabar su propio carácter en su iglesia” (Elena White, Exaltad a Jesús, 185).

Con razón Jesús le dijo a Nicodemo que “el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3:5). Es por el Espíritu que somos convencidos de nuestra necesidad de Dios, y es también por el Espíritu que somos transformados o convertidos. Cuando permitimos que el Espíritu Santo more en nuestras vidas, recibimos una naturaleza espiritual que repele el mal en todas sus formas y se goza en agradar a Dios y obedecer sus mandamientos. Hay quienes creen que una experiencia de éxtasis es evidencia de recibir el Espíritu, y otros entienden que hablar en lenguas es la prueba máxima de tenerlo. Sin embargo, no podemos confundir experiencias externas y momentáneas con la obra interna y permanente del Espíritu de Dios en el corazón de una persona. La evidencia irrefutable de estar poseídos por el Espíritu de Dios es sentir repulsión por el pecado y servir con gozo a Dios obedeciendo sus mandatos. A fin de cuentas, ¿no fue esa la intención de Dios cuando por medio del profeta Ezequiel dijo, “y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios”? (Eze 11:19-20)

Si me pides señales del poder del Espíritu te presentaría a una mujer que fue una gran pecadora y sedujo a muchos al mal, pero que ahora vive para servir a Dios y llevar a otros al conocimiento de la salvación. Te presentaría a un perseguidor renegado que ahora habla palabras puras y verdaderas. Te presentaría a un avaro para que vieras como ahora consagra su dinero para ayudar a otros y para el avance de la causa del evangelio. Te presentaría a un hombre malo y envidioso para que vieras como ha sido transformado en una persona amable y perdonadora. Te presentaría a un borracho empedernido para que vieras a una persona sobria y en su pleno juicio. Te presentaría a un drogadicto para que lo vieras libre de ese mal hábito. ¿Cómo explicas esos grandes cambios? Suceden todos los días. ¿Cómo ocurren? Los maravillosos fenómenos de cuervos convertidos en palomas y leones en ovejas, las asombrosas transformaciones del carácter, los inexplicables cambios de hábitos, éstos son los testimonios incuestionables de la obra del Espíritu en el corazón humano. Como dijera Jesús a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn 3:8). Aunque no podemos ver al Espíritu Santo, ni comprender como actúa en el corazón, sin duda podemos ser testigos de los efectos de su obra en la vida de los seres humanos.

Te pregunto, ¿eres hoy esclavo de las drogas, o del alcohol, o de la pornografía, o de algún otro mal hábito? ¿Tienes una relación sentimental con alguien que no es tu esposa o esposo? ¿Has tratado sin éxito de mejorar tu mal carácter o dejar de robar, mentir, o codiciar? A ti te digo: Permítele al Espíritu entrar hoy en tu corazón. No resistas su influencia, no acalles su voz cuando habla a tu conciencia después de hacer algo malo. Sométete a Él y deja que su poder tome posesión de tu vida. Pero déjalo que haga las cosas a su manera. El Espíritu no puede ser manipulado. Y tú, querido miembro de iglesia, ¿te encuentras desanimado y sin fuerzas para continuar en tu carrera cristiana? ¿Abandonaste la iglesia desde hace tiempo y hoy sientes la necesidad de regresar, pero no sabes cómo? No te des por vencido. El Espíritu de Dios está listo para ayudarte a ti también.

Al profeta Ezequiel se le mostró en visión un valle lleno de huesos secos, y luego se le dijo que esos huesos representaban la casa de Israel. Esa imagen tal vez representa tu condición espiritual y emocional. Al igual que los huesos de la visión de Ezequiel quizás tú también has dicho: “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos” (Eze 37:11). Pero espera. El Señor tiene algo que decirte: “He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío” (Eze 37:12-13). Y tal vez pienses, pero ¿cómo Dios puede hacer algo así? Escucha lo que sigue diciendo: “Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová” (Eze 37:14). ¿Crees sus palabras? Yo sé que crees. En este mismo instante permítele al Espíritu de Dios renovar tu vida. Se cuenta que una vez Miguel Ángel se encontraba extasiado frente a un bloque de mármol. ¿Qué miras? – le preguntó un amigo. Un ángel – contestó el famoso artista. El no veía la piedra sin forma que estaba frente a él sino la que resultaría después de ser cincelada con sus manos. Así nos ve Dios. El no mira la miseria de nuestra vida en este momento, sino la obra del Espíritu completada y perfeccionada en nosotros.

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Rosa
Rosa
13 de mayo de 2022 9:38 pm

¡Éste es un trabajo grandioso! Dios lo bendiga pastor Espinosa.